jueves, 13 de octubre de 2016

No hay mal que dure cien años



En diversas ocasiones suelo creer que soy feliz, sobre todo en aquellos momentos que paso con mis amigos, en los que los vivimos riéndonos a carcajadas  e, incluso, termino cubriéndome la boca de la intensidad con la que lo hago al estar presente en alguna broma.

Pero desafortunadamente empiezan a transcurrir las horas, el día comienza a convertirse en noche, y mi sonrisa automáticamente se transforma en una tristeza totalmente inexplicable, tan penetrante como la tinta de un tatuaje en mi cara.

Llego a mi cama, me acuesto, veo el techo y contemplo la “tranquilidad” de la oscuridad mientras los cigarrillos se consumen y pienso en la gran cantidad de cosas que desearía expresar, y en otras tantas que tengo temor de aceptar.

Como esa lucha constante contra el tiempo, contra los terribles hábitos de difuminar mi presente y el futuro con pensamientos impregnados de melancolía del pasado.

Y es justo en la noche, en donde en medio de tantos vagos y confusos pensamientos, en que me doy cuenta de que soy varias personas en una, soy miedo y valentía al mismo tiempo, soy sentimientos encontrados, soy retraído y extrovertido, soy rebelde y pacífico en un momento.

Pero ante todo, concluyo que por dentro realmente me encuentro vacío, intentando buscar la felicidad en algo material, dejando de lado lo que es vivir para mantenerme cómodo en la soledad y la paz que existe dentro de todo este inmenso caos.

Y aunque conozco la solución, prefiero evitarla y continuar con el sentimiento de que en este momento nadie puede cambiar eso, ni siquiera yo. Simplemente porque me permite volar.






Víctor Manuel Chávez García

1 comentario:

  1. WOW todo un escritor, me gustó tu post, no estes triste si te sientes mal busca terapia, la gente no tiene porque influir en ti sólo tu, has lo que tengas que hacer y no permitas que tu mundo sea gris.

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