jueves, 10 de noviembre de 2016

Placer de media noche


Hacía mucho calor, desperté sudando tras una pesadilla que puso fin a mi sueño,  me levanté y bajé a beber un poco de agua…

Todo estaba oscuro, y justo cuando me disponía a prender la luz, una mano fría me sujetó fuertemente, mientras la otra me tapaba la boca. Comencé a forcejear e intenté gritar, pero una grave voz se acercó a mi oído y me ordenó: “Calma, no grites porque te puede ir muy mal”.

Al quedarme inmovilizada por aquella voz, comencé a sentir como su mano tomaba fuertemente mi pecho, al mismo tiempo que juntaba su cuerpo con el mío. Poco a poco pude sentir su pene duro pegado a mí. Así mismo hacía fuerza como si quisiera meterse entre mis nalgas por encima del baby doll de seda que traía aquella noche.

Al cabo de dos segundos su mano se metió debajo de mis piernas y mientras sentía su respiración agitada en mi oído, sus labios besaban mi cuello y no pude evitar perderme en tales caricias.

Y al recobrar la conciencia, pude sentir escalofrío pues noté cómo me separaba suavemente las piernas y dejaba caer su cuerpo con olor a cuero sobre el mío, casi asfixiándome.
Yo mantenía los ojos cerrados, pensaba que todo esto era un sueño, sin embargo, esa idea se esfumó y me di cuenta que era muy real cuando comenzó a introducir algo dentro de mí, que se deslizaba con torpeza entre las paredes vaginales, no era un miembro vivo, sino algo frío.

Fue justo cuando grité “¡Quítame eso de ahí!”. Aunque debo admitir que me gustó, mi miedo seguía, me armé de valor y lo encaré, y con el reflejo de la inmensa luna llena sobre los vidrios de la ventana, vi que llevaba puesto un pasamontañas y una chaqueta de motociclista.

De inmediato, me empujó, y quedé enfrente de un espejo que colgaba sobre la pared, la luz de aquella luna era tan inmensa que en el espejo se reflejaban nuestros cuerpos, y ese acto sexual que él quería llevar a cabo.

Ante tal acción, sólo se escuchó un murmuro diciendo: “Quédate ahí, no te muevas”. Volví a cerrar los ojos mientras escuchaba el ruido de una cremallera bajar, él introdujo dos dedos a mi boca y mi instinto me traicionó pues comencé a humedecerlos.


Por dentro sabía que no debía seguirle el juego y debía apartarme de ahí, sin embargo, venían a mi mente aquellas películas donde las actrices disfrutaban una situación así. Abrí los ojos, lo miré y decidí dejar que pasara…

Enfrente del espejo yo no dejaba de admirar nuestra imagen en ese cristal a medio empañar, y darme cuenta que acababa de descubrir un fetiche que desconocía, que un extraño se apoderara de mi cuerpo.



Fue por eso que sólo sonreí mientras él jadeaba y lentamente se iba despojando de ese misterioso pasamontañas...


Víctor Manuel Chávez García

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