Hacía mucho calor, desperté sudando
tras una pesadilla que puso fin a mi sueño,
me levanté y bajé a beber un poco de agua…
Todo estaba oscuro, y justo cuando me
disponía a prender la luz, una mano fría me sujetó fuertemente, mientras la
otra me tapaba la boca. Comencé a forcejear e intenté gritar, pero una grave
voz se acercó a mi oído y me ordenó: “Calma, no grites porque te puede ir muy
mal”.
Al quedarme inmovilizada por aquella
voz, comencé a sentir como su mano tomaba fuertemente mi pecho, al mismo tiempo
que juntaba su cuerpo con el mío. Poco a poco pude sentir su pene duro pegado a
mí. Así mismo hacía fuerza como si quisiera meterse entre mis nalgas por encima
del baby doll de seda que traía
aquella noche.
Al cabo de dos segundos su mano se
metió debajo de mis piernas y mientras sentía su respiración agitada en mi oído,
sus labios besaban mi cuello y no pude evitar perderme en tales caricias.
Y al recobrar la conciencia, pude sentir
escalofrío pues noté cómo me separaba suavemente las piernas y dejaba caer su
cuerpo con olor a cuero sobre el mío, casi asfixiándome.
Yo mantenía los ojos cerrados,
pensaba que todo esto era un sueño, sin embargo, esa idea se esfumó y me di
cuenta que era muy real cuando comenzó a introducir algo dentro de mí, que se
deslizaba con torpeza entre las paredes vaginales, no era un miembro vivo, sino
algo frío.
Fue justo cuando grité “¡Quítame eso
de ahí!”. Aunque debo admitir que me gustó, mi miedo seguía, me armé de valor y
lo encaré, y con el reflejo de la inmensa luna llena sobre los vidrios de la
ventana, vi que llevaba puesto un pasamontañas y una chaqueta de motociclista.
De inmediato, me empujó, y quedé
enfrente de un espejo que colgaba sobre la pared, la luz de aquella luna era
tan inmensa que en el espejo se reflejaban nuestros cuerpos, y ese acto sexual
que él quería llevar a cabo.
Ante tal acción, sólo se escuchó un
murmuro diciendo: “Quédate ahí, no te muevas”. Volví a cerrar los ojos mientras
escuchaba el ruido de una cremallera bajar, él introdujo dos dedos a mi boca y
mi instinto me traicionó pues comencé a humedecerlos.
Por dentro sabía que no debía
seguirle el juego y debía apartarme de ahí, sin embargo, venían a mi mente aquellas
películas donde las actrices disfrutaban una situación así. Abrí los ojos, lo
miré y decidí dejar que pasara…
Enfrente del espejo yo no dejaba de admirar nuestra imagen en ese cristal a medio empañar, y darme
cuenta que acababa de descubrir un fetiche que desconocía, que un extraño se
apoderara de mi cuerpo.
Fue por eso que sólo sonreí mientras
él jadeaba y lentamente se iba despojando de ese misterioso pasamontañas...
Víctor Manuel Chávez García


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